Aunque no lo creas, bebé es capaz de comunicarse contigo a su manera, pese a que todavía no sepa hablar. Saber interpretar lo que dice y apoyarle con sus primeras palabras es muy importante para el desarrollo del lenguaje del pequeño. Al principio, las caricias, la intensidad y el tono de la voz, las diferentes formas de mirar de los papás, serán las señales que guíen a al bebé en sus interacciones y primeros contactos con el mundo. 

Interpretar las primeras señales de comunicación del bebé

La mirada, las formas de los sonidos, la expresividad de su rostro, el movimiento de sus piernas, brazos o manos, son algunos de los recursos comunicativos del bebé que se irán haciendo más complejos gracias a la maduración de su sistema nervioso y a los intercambios con sus padres. La expresión corporal ya existe en edades tempranas y será una de las primeras herramientas para conocer los deseos de los pequeños o sus necesidades. El llanto será una de las primeras manifestaciones de que el bebé está incómodo. Tu pericia e intuición a la hora de interpretar estos gestos y sonidos tan sutiles en esta etapa adecuadamente serán esenciales para establecer una buena comunicación entre vosotros.

Cómo comunicarse correctamente

El éxito o el fracaso de los primeros intercambios comunicativos así como la facilidad o la dificultad para establecerlos va a depender de las características de los interlocutores, del carácter de bebés y mayores así como de sus actitudes frente al acto de la comunicación. Los niños pueden ser:

Activos. Estos son niños capaces de tomar la iniciativa en una interacción y de responder a todos los intentos comunicativos de los adultos. Así, se pueden encontrar bebés sonriendo para provocar el efecto reflejo de la sonrisa de la madre y que mueven los brazos cuando ella le devuelve la sonrisa. Con estos niños es fácil interactuar y alentar sus progresos, fácilmente visibles.

Tímidos. Estos bebés no tienden a iniciar la comunicación, pero pueden responder a nuestros intentos. Hay que esforzarse más con ellos.

Pasivos. Son los que no inician ni responden a los intentos comunicativos de los adultos. Van más por su cuenta y cuesta introducirnos en sus necesidades y deseos.

Partir del interés del niño y dejar que él lidere el espacio lúdico significa contar desde un principio con su atención y su participación. Para conseguir que esto ocurra y que la comunicación fluya ten en cuenta estas recomendaciones:

El exceso de control: cuando elegimos siempre el juego o dirigimos la actividad de los niños, cuando les examinamos constantemente con miles de preguntas sin dar casi tiempo a que nos respondan o cuando ayudamos a los niños sin dejarles desplegar sus habilidades, las interacciones comunicativas se ven menguadas. Dejar que procesen la información y se impliquen es fundamental.

La escasa participación: cuando los adultos nos divertimos solos con el juego sin contar con el niño, cuando no esperamos a sus reacciones y no seguimos su interés a su medida, seguramente, el niño se desconectará y rechazará la participación del adulto.

La falta de paciencia: cuando en los turnos de diálogo no esperamos lo suficiente la respuesta del niño y continuamos con lo nuestro, estamos cerrando la puerta al diálogo.